LA(-S) CRISIS DE LA(-S) MASCULINIDAD(-ES)
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No es un juego visual ni semántico. Hablar de géneros es hablar en plural. Si la teorÃa feminista tardó en descubrir
que los estudios de la mujer debÃan ser los estudios de las mujeres, desde la teorÃa queer esta premisa ha sido objetivo claro desde el princip
io. Puestos a no hablar de sexos sino de prácticas sexuales, el esclarecimiento de la crisis de la masculinidad se vuelve un asunto turbio, sobre todo al tener en cuenta que para definir un estado de crisis de un concepto debe entenderse primero cuál es dicho concepto.
El término masculinidad de modo tradicional se conforma como un organum caracterizado por ser fÃsicamente viril, psicológicamente machista y socialmente patriarcal, simplificándolo mucho. Ahora bien, se olvida que el momento que vivimos está recurriendo a hablar de la crisis de la masculinidad en un doble sentido que parece no afectar a este concepto que se acaba de referir. La crisis de una masculinidad obsoleta y decadente se intenta silenciar a base de resaltar otras colateralidades relacionadas con la masculinidad tradicional pero que claramente no se confunden con ella. Por ello, se habla de crisis de la masculinidad:
- A partir de la feminización de los hombres, sobre todo de los más jóvenes.
- Y se habla de crisis de masculinidad por la incursión, para algunos indebida, como invasión de territorio ajeno, de la female masculinity (a este respecto puede leerse el artÃculo-entrevista de Jagose “Maculinity Without Men”)
Y aún asÃ, el verdadero problema de la crisis, sin que nada sirvan cortinas de humo para ocultarlas, está en la base del poder. El desmontaje que hiciera en su dÃa Pierre Bourdieu (La dominación masculina, Barcelona, Anagrama, 2000) no cesa de refrendarse en estudios recientes. Pero, ¿es real esa crisis? ¿Cuánto poder ha perdido el hombre? ¿Cuánto poder está siendo ejercido de manera diferente, sin contar con lo polÃticamente correcto que obligue a cumplir las “paridades” forzadas? ¿Cuál es el poder “feminizado” del hombre? Puede sonar a teorÃa de la conspiración, pero estoy con Heartfield cuando afirma que “since masculinity proves to be dissonant to the actual outlook of men, we need to ask what purpose the catagory serves”. No sólo comparto esta inquietud, sino el conjunto de realidades que recoge el autor en su artÃculo “There Is No Masculinity Crisis” (Genders OnLine Journal, nº 35, 2002).

The iceberg of conflict
Es deber del investigador curioso preguntarse por lo que se ve y por lo que permanece oculto, pero también por aquello que se muestra con la intención de enmascarar una segunda realidad subyacente. Posiblemente sea éste el caso. La punta del iceberg muestra una crisis de la masculinidad que esconde bajo el agua una masa compacta que no se derrite ni con el cambio climático. Muchos de nuestros trabajos de investigación, con toda su buena fe, adolecen de ingenuidad, y quizás confunden el deseo con la realidad, de ahà la escasez de las nuevas masculinidades.
Mientras la crisis de la masculinidad no sea más que eso, una nota suelta y discordante, nunca llegará la nueva masculinidad, la potencia de un saxo rasgando la noche que estremezca y desmadeje las actuales redes de relación intergéneros.




