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Crónica de un día en la Berlinale, por Álvaro J. López

25/02/2026

El despertador suena a las 7:00. Recuerdas que es el cine llamando a la puerta, preguntando por espectadores valientes dispuestos a llenar cualquier sala. Te adentras en la jungla de los tickets. Al principio sientes la necesidad de hacer prisionera a toda película que se te cruce por tu camino. Pero es un error garrafal.
Requieren todas mucha dedicación y es mejor escoger. Todos los pases de prensa son en 
la Berlinaler Palast, en Postdamer Platz, el bastión del cine en la ciudad. Tienes amigos por todas partes, únicamente por llevar la acreditación. Pero el radialsystem es una inesperada sorpresa. Tuve la oportunidad de asistir a un encuentro con Daniel Bloomberg, el compositor galardonado con el Óscar por The Brutalistdonde nos enseñaba fotos inéditas detrás de la producción musical.

También fue un placer escuchar a Warwick Thornton, con su carácter desenfadado, nos deleita con su sabiduría cinematográfica: una película se tiene que poder contar únicamente con una voz, en una habitación oscura sin actores. Pero lo más emocionante fue poder estar presente en la entrega de premios a Max Richter, encargado de las bandas sonoras de Ad Astra y Hamnet. Lo presentó Cloe Zhao, que más podía pedir. Era un encuentro de artistas para artistas, y la magia se palpaba en el discurso de ambos. Volviendo al cine, he de decir que he disfrutado cada película a la que he asistido, no solo son las pantallas alemanas gigantes, sino que logran transmitir todas un discurso autoral bastante potente que no deja a la conciencia durmiendo en los laureles. Por divertimento realicé algunas críticas, y estoy orgulloso de haber tenido la intuición necesaria para escribir sobre Yellow Letters, la película ganadora del Oso de oro.

En definitiva, mi paso por la 76º Berlinale ha sido como un viaje al futuro. Un mundo donde no cabe la confrontación ni el odio, porque el cine marca la tregua definitiva. Donde los sueños vagan sin cautela, donde el oro parece dejar de brillar.

Texto y fotografías/ Álvaro J. López Ortega (alumno CAV)